Cabezas de chorlito, ¡nunca más!

Dos grandes misterios circundaban mi cabeza allá por mis 6 años.  El primero estaba relacionado a mi insipiente posicionamiento espacial en el mundo: ¿cómo era posible que una playa entrara dentro de una casa, y por qué solo los carros podían disfrutarla? Lo segundo era causa de mi poco bagaje lingüístico: ¿qué cosa era un chorlito y por qué la  miss Paquita nos repetía a cada rato que nosotros éramos su cabeza?

Mi primera revelación no tardó mucho en llegar. Bastó con entrar a una famosa playa, que resultó no ser más que un pampón de tierra para guardar carros, y así entendí que como dice la canción: “Sometimes, words have two meanings”. El segundo de mis enigmas hubo, en cambio, de permanecer oculto mucho más tiempo. A principio de los 80s no había un San Google que tenga todas las respuestas; para saber algo había que buscarlo en un pesado y gordo diccionario, lo cual obviamente no estuvo en mis planes hasta que olvidé la idea del chorlito sin más.

Todas nuestras experiencias dejan un rastro en nuestra mente que se enciende por algún detonador y entonces evocamos ese momento, es lo que se llama un recuerdo. El detonador puede ser directo o muy sutil, yo creo que en mi caso fue la segunda opción. Allí estaba yo en medio del tráfico habitual de la mañana, mirando por la ventana, cuando descubrí ese horroroso espectáculo y se detonó inconscientemente la famosa frase: ¿quién ha sido el cabeza de chorlito que hizo esto?

Los chorlos pertenecen a una familia de aves migratorias, insectívoras y con capacidad excelsa para el vuelo. La expresión que los alude se usa en toda Latinoamérica para referirse a alguien despistado o de poco seso. No hay consenso acerca de su origen, algunos aluden al pequeño tamaño de su cabeza en relación al cuerpo, otros al extraño hábito de poner huevos en el suelo en vez de en árboles; aunque la tesis que con más frecuencia se repite está referida a la forma de cazarlos. Por años los cazadores saben que atrapar chorlos es tarea de poco esfuerzo, basta con derribar a uno, pues todas las demás aves de la parvada regresan a ver qué pasó con el compañero caído, y entonces son un botín fácil. De ser así, nada más injusto con los chorlos que deberían ser redimidos y elevados al altar de las especies más solidarias ipso facto.

¿Con qué derecho las empresas de publicidad nos enrostran a cada tramo con infinidad de  productos y ofertas?

La imagen me impactó tanto que no salí del asombro hasta que alguien literalmente me empujó de allí a bocinazos (siempre hay alguien dispuesto a hacerlo en el tráfico de Lima). Tres hermosos árboles de Tipa, que apenas un día antes estaban frondosos, habían sido mutilados, cortados por el medio dejando en pie solo uno de los lados y  parecían ahora esperpentos dignos de un circo de rarezas. A la tarde regresé y en efecto, como me temía, los árboles habían sido mochados para dejar a la vista unos paneles publicitarios recientemente colocados, lo de siempre. Ese espacio, cruce de las Avs. Cesar Vallejo y Arenales, en el “clase mediero” distrito de Lince, es como muchos miles de otros en esta Lima desordenada y caótica donde no hay escrúpulos si de ganar algo se trata.

¿Con qué derecho las empresas de publicidad nos enrostran a cada tramo con infinidad de  productos y ofertas? No hay derecho joven, en cambio, sí una culpa compartida. Un empresario ávido de dinero llena de letreros la ciudad. Le importa un carajo afearnos el paisaje al resto, cuatro pepinos si tiene que traerse abajo los pocos árboles de Lima. Business is business. Cuenta con la complicidad de otros empresarios que te quieren vender no importa cómo, siguen la máxima de repite y repite mensajes hasta que se graben en la mente del consumidor, como si fuéramos cuyes de laboratorio. Pero no actúan solos, están amparados por una manada de Alcaldes que claudican en su obligación de ofrecernos una ciudad vivible a cambio de las regalías que reciben de estas empresas.

Porque finalmente esto es un negocio, y un gran negocio. Anunciar en uno de esos paneles inmensos, que te sacan una radiografía si te pones en frente de uno, cuesta  5,000 dólares mensuales, con 8 clientes por panel, hablamos de 480 mil dólares al año de ingresos.

Para entender la magnitud del problema siempre hay que ver la escala del negocio que lo alimenta. Por cada mil paneles (¡y deben haber más!) se mueve la increíble cifra de 480 millones de dólares anuales. Repartiendo un millón por distrito, que es una exageración, entre licencias, aportes, multas y gastos judiciales, tenemos que con 43 millones, apenas el 9% del negocio, estos señores se pueden apoderar de toda la ciudad. Y vaya que lo han hecho.

Tomar una foto, difundirla en las redes y mostrar las empresas que financian la decadencia de Lima y los municipios que lo permiten.

Pero hay un eslabón más en esta cadena de culpa. Tú y yo, los consumidores, que no hacemos mucho y seguimos como si nada. Podríamos, por ejemplo, dejar de comprar  productos que aparezca en un panel que esté tras un árbol que haya sido “mochado” a mansalva solo para ver el letrero. Tomar una foto, difundirla en las redes y mostrar las empresas que financian la decadencia de Lima y los municipios que lo permiten.

Mejoraría también si empezamos a exigir que nuestros alcaldes rindan cuenta claramente y no con esos mamotretos de estados financieros que nadie entiende y que suelen colocar en las revistas y boletines municipales, puro cherry. Hablen claro ¿Cuánto reciben cada año por permitir la publicidad excesiva? ¿De dónde financian los eventos y regalos que suelen dar? Nada es gratis, dice una máxima. Duele, pero esto no ocurre en otra ciudad de Sudamérica. Por ello, y con excusa de la miss Paquita, pido disculpas a los chorlos con empeño. Para referir despreocupados y de poco seso,  mejor que cabeza de chorlo,  cabeza de limeño.

¿Esta situación también te indigna? Pues empieza a ser un agente del cambio. Postea fotos que evidencien estos actos, dinos dónde están y construiremos juntos el mapa de los paneles que más afean nuestra ciudad.

 


El árbol sin botas: Una crítica al paisajismo de nuestra ciudad

 

Es curioso que en las películas futuristas, que nos preparan mentalmente para las ciudades que se verán en el futuro, no se vean calles arboladas. En las imágenes que nos llegan del futuro cinematográfico hay robots (¡muchos!) que cohabitan con los humanos en enormes y asépticos rascacielos rodeados de miles de aparatos inteligentes, hay carros que vuelan y se conducen solos, clones, realidades virtuales, gente conectada a artefactos..… pero, ¿y qué pasó con los árboles?

Aunque nos suene raro, las ciudades son un invento reciente en la historia de la especie humana. El hombre lleva pisando este planeta (literalmente) casi 2 millones de años y es recién hace 5000 años que empieza a organizarse en grandes urbes. Incluso el elemento más popular hoy en día, el vehículo a motor, apareció recién hace unos 100 años y los celulares y computadoras se hicieron notar recién hace 30 años. Y en todo este tiempo hemos estado acompañados de árboles, y no hay duda de que ellos estuvieron aquí desde el comienzo.

Los árboles llevan en la tierra cerca de 400 millones de años; sin ellos y su trabajo de miles de años fotosintetizando, la tóxica atmósfera con la que inició el planeta jamás se hubiera cargado del oxígeno necesario para que hoy estemos respirando. Es muy probable que el  primer cobijo que el homo sapiens encontró fuera un árbol,  luego, con el descubrimiento  del fuego se adentrarían en cavernas a resguardarse de las fieras nocturnas y a calentarse con una fogatita de leña, sí, leña hecha con árboles.

 

La ciudad contemporánea se convierte de a pocos pero sin pausa en el paisaje humano dominante y suele ser mayormente agreste para el crecimiento de los árboles.

La ciudad contemporánea se convierte de a pocos pero sin pausa en el paisaje humano dominante y suele ser mayormente agreste para el crecimiento de los árboles. Cada vez hay menos espacio donde plantarlos.  Durante los años 2010 y 2012 el municipio de San Borja en Lima perdió jardines en un área equivalente a dos canchas de futbol, jardines que antes estaban en el frontis de las viviendas. Con la densificación esas áreas han pasado a convertirse en rampas o estacionamiento de cemento de los “modernos” edificios que pululan por la ciudad. Y si no hay jardín, obviamente, tampoco hay árboles. 82 frondosos ejemplares fueron retirados en el mismo período para permitir el desarrollo de proyectos inmobiliarios, y si eso ocurre en uno de los distritos más “pro verde” de Lima es fácil imaginar el proceso de deforestación que debe estar ocurriendo en el resto de la ciudad para sembrar más cemento.

Para agravar aún más la situación los pocos árboles que quedan deben sobrevivir a las más inadmisibles torturas a las que se les pueda someter. Los hay, por ejemplo, aquellos intervenidos por artistas frustrados que gozan de asemejarlos a bolitas, animalitos o cualquier otro mamotreto que los aleja de su forma natural y les roba la dignidad. O aquellos a los que les pintan las famosas “botitas blancas”, práctica tan nociva como absurda.

Abundan por todos lados árboles con las bases del tronco pintadas de blanco, una costumbre muy extendida entre los jardineros. No hay certeza de como apareció y se extendió esta práctica. Algunos afirman que es una imitación del blanqueado de los frutales con lechada de cal que se suele realizar en Europa como protección del tronco a los cambios bruscos de temperatura que allá se dan y que aquí no ocurren. Burle Marx, el recordado paisajista brasileño, afirmaba que era un practica que se remontaba a comienzos del siglo XIX en los cuarteles militares cariocas como una forma de dar un servicio a los soldados que no tenían nada que hacer. Ciertamente aquí en Perú casi no hay cuartel que se libre de los árboles pintados, lo que hace suponer que nuestras tropas suelen matar el ocio de la misma forma y bien pudo ser esta la fuente desde donde se diseminó la práctica.

Un jardín mal cuidado no se verá ordenado porque alguien pinte los troncos de blanco.

Cual sea su origen, lo cierto es que pintar estas botitas blancas NO LE HACE BIEN A LOS ÁRBOLES,  por varias razones: se le quita al tronco la capacidad de respirar (sí, ¡los árboles respiran también por los troncos!), se desnaturaliza un elemento al que se le quita toda su belleza original, un jardín mal cuidado no se verá ordenado porque alguien pinte los troncos de blanco y no hay que olvidar que muchas de la pinturas empleadas contienen en su composición elementos tóxicos para el árbol.

Pero además de las consideraciones fisiológicas y estéticas está el argumento económico, algo que la mayoría si suele entender y atender. Aproximadamente se emplean S/. 2 por cada árbol al que se le pinta la botita blanca. Parece poco, ¿cierto? Pero un momento, cuando se habla de ciudad, siempre la escala es otra. Hay que considerar que un distrito promedio en Lima tiene alrededor de 1 500 – 2 000 árboles/km2 (¡deberían tener al menos 10 000!) y entonces el absurdo adquiere otra magnitud. Veamos un ejemplo  para el distrito de San Miguel donde les encanta pintar de blanco todo lo que no se mueve. San Miguel es un distrito de tamaño pequeño, con apenas 10.71 Km2. Debe tener según nuestra lógica alrededor de  21 400 árboles, a  S/. 2 / árbol y dos pintadas al año, el costo anual de las “botitas blancas” asciende al menos a S/. 85 600/ año. Si usamos a San Miguel de media y extendemos esta locura a escala metropolitana, en Lima se estaría gastando al menos S/ 85 600 / año / distrito x 43 distritos = ¡S/. 3 680 800! Sin duda hay mejores cosas en las que gastar la plata, como por ejemplo plantar más árboles sin botitas para que el futuro nos encuentre descalzos, ¡pero bien arbolados!

¿Esto también ocurre en tu distrito? La próxima vez que veas un árbol con botitas blancas exige que se las despinten.