Es curioso que en las películas futuristas, que nos preparan mentalmente para las ciudades que se verán en el futuro, no se vean calles arboladas. En las imágenes que nos llegan del futuro cinematográfico hay robots (¡muchos!) que cohabitan con los humanos en enormes y asépticos rascacielos rodeados de miles de aparatos inteligentes, hay carros que vuelan y se conducen solos, clones, realidades virtuales, gente conectada a artefactos..… pero, ¿y qué pasó con los árboles?

Aunque nos suene raro, las ciudades son un invento reciente en la historia de la especie humana. El hombre lleva pisando este planeta (literalmente) casi 2 millones de años y es recién hace 5000 años que empieza a organizarse en grandes urbes. Incluso el elemento más popular hoy en día, el vehículo a motor, apareció recién hace unos 100 años y los celulares y computadoras se hicieron notar recién hace 30 años. Y en todo este tiempo hemos estado acompañados de árboles, y no hay duda de que ellos estuvieron aquí desde el comienzo.

Los árboles llevan en la tierra cerca de 400 millones de años; sin ellos y su trabajo de miles de años fotosintetizando, la tóxica atmósfera con la que inició el planeta jamás se hubiera cargado del oxígeno necesario para que hoy estemos respirando. Es muy probable que el  primer cobijo que el homo sapiens encontró fuera un árbol,  luego, con el descubrimiento  del fuego se adentrarían en cavernas a resguardarse de las fieras nocturnas y a calentarse con una fogatita de leña, sí, leña hecha con árboles.

 

La ciudad contemporánea se convierte de a pocos pero sin pausa en el paisaje humano dominante y suele ser mayormente agreste para el crecimiento de los árboles.

La ciudad contemporánea se convierte de a pocos pero sin pausa en el paisaje humano dominante y suele ser mayormente agreste para el crecimiento de los árboles. Cada vez hay menos espacio donde plantarlos.  Durante los años 2010 y 2012 el municipio de San Borja en Lima perdió jardines en un área equivalente a dos canchas de futbol, jardines que antes estaban en el frontis de las viviendas. Con la densificación esas áreas han pasado a convertirse en rampas o estacionamiento de cemento de los “modernos” edificios que pululan por la ciudad. Y si no hay jardín, obviamente, tampoco hay árboles. 82 frondosos ejemplares fueron retirados en el mismo período para permitir el desarrollo de proyectos inmobiliarios, y si eso ocurre en uno de los distritos más “pro verde” de Lima es fácil imaginar el proceso de deforestación que debe estar ocurriendo en el resto de la ciudad para sembrar más cemento.

Para agravar aún más la situación los pocos árboles que quedan deben sobrevivir a las más inadmisibles torturas a las que se les pueda someter. Los hay, por ejemplo, aquellos intervenidos por artistas frustrados que gozan de asemejarlos a bolitas, animalitos o cualquier otro mamotreto que los aleja de su forma natural y les roba la dignidad. O aquellos a los que les pintan las famosas “botitas blancas”, práctica tan nociva como absurda.

Abundan por todos lados árboles con las bases del tronco pintadas de blanco, una costumbre muy extendida entre los jardineros. No hay certeza de como apareció y se extendió esta práctica. Algunos afirman que es una imitación del blanqueado de los frutales con lechada de cal que se suele realizar en Europa como protección del tronco a los cambios bruscos de temperatura que allá se dan y que aquí no ocurren. Burle Marx, el recordado paisajista brasileño, afirmaba que era un practica que se remontaba a comienzos del siglo XIX en los cuarteles militares cariocas como una forma de dar un servicio a los soldados que no tenían nada que hacer. Ciertamente aquí en Perú casi no hay cuartel que se libre de los árboles pintados, lo que hace suponer que nuestras tropas suelen matar el ocio de la misma forma y bien pudo ser esta la fuente desde donde se diseminó la práctica.

Un jardín mal cuidado no se verá ordenado porque alguien pinte los troncos de blanco.

Cual sea su origen, lo cierto es que pintar estas botitas blancas NO LE HACE BIEN A LOS ÁRBOLES,  por varias razones: se le quita al tronco la capacidad de respirar (sí, ¡los árboles respiran también por los troncos!), se desnaturaliza un elemento al que se le quita toda su belleza original, un jardín mal cuidado no se verá ordenado porque alguien pinte los troncos de blanco y no hay que olvidar que muchas de la pinturas empleadas contienen en su composición elementos tóxicos para el árbol.

Pero además de las consideraciones fisiológicas y estéticas está el argumento económico, algo que la mayoría si suele entender y atender. Aproximadamente se emplean S/. 2 por cada árbol al que se le pinta la botita blanca. Parece poco, ¿cierto? Pero un momento, cuando se habla de ciudad, siempre la escala es otra. Hay que considerar que un distrito promedio en Lima tiene alrededor de 1 500 – 2 000 árboles/km2 (¡deberían tener al menos 10 000!) y entonces el absurdo adquiere otra magnitud. Veamos un ejemplo  para el distrito de San Miguel donde les encanta pintar de blanco todo lo que no se mueve. San Miguel es un distrito de tamaño pequeño, con apenas 10.71 Km2. Debe tener según nuestra lógica alrededor de  21 400 árboles, a  S/. 2 / árbol y dos pintadas al año, el costo anual de las “botitas blancas” asciende al menos a S/. 85 600/ año. Si usamos a San Miguel de media y extendemos esta locura a escala metropolitana, en Lima se estaría gastando al menos S/ 85 600 / año / distrito x 43 distritos = ¡S/. 3 680 800! Sin duda hay mejores cosas en las que gastar la plata, como por ejemplo plantar más árboles sin botitas para que el futuro nos encuentre descalzos, ¡pero bien arbolados!

¿Esto también ocurre en tu distrito? La próxima vez que veas un árbol con botitas blancas exige que se las despinten.